miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mi plantita

Hace un tiempo fui a una floristería de aquella calle llena de puestecillos de colores y con aromas que me teletransportaban a cualquier lugar donde me tumbaría a mirar el cielo de noche. No iba con ninguna idea en la cabeza de lo que me iba a llevar, pero yo ya me estaba imaginando danzando entre mis flores favoritas en aquel saloncillo donde el color de los últimos rayos de sol de la tarde se mezclaría con sus tonos amarillos.

Cuando volví a casa no me pude esperar a plantar mi semillita, aquella que sería el origen de algo precioso, de aquel girasol que me quedaría contemplando mientras escuchaba la canción de Rozalén y agradecía a la vida por regalarme ese momento de paz. La plantita tardó más de lo que yo pensaba en crecer. Me gustaba mirarla cada día y ver cómo se tomaba su tiempo para terminar de florecer. No le hacía falta estar en flor para ser bella en sí misma. Era bella en todos sus procesos. Era girasol ya desde que era semilla. 

El día que floreció lloré, era muy pequeñita, con unos tonos amarillos mezclados con un poco de naranja. Ese día el sol estaba más cálido que nunca. La luz entraba sin problema por la ventana de mi habitación, parecía que mi girasol la atraía y que el universo sabía que había florecido. Así que me tumbé un segundo en la cama y disfruté de aquel espectáculo de luces hasta que me quedé dormida, sabiendo que cuando me volviese a despertar mi plantita seguiría ahí, acompañándome.

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