Terminé de hacer mis recados y volví a casa por el camino más largo. Tenía muchas ganas de cantar, un clásico en mí. Por un instante, me alejé tanto de la literalidad que llegué a pensar que me encontraba en mi propio musical y yo, por supuesto, era la protagonista.
Cuando entré por la puerta de mi casa, entré en un mundo paralelo, donde la cotidianidad se convertía en otra cosa. Me hice la comida, aunque no tenía mucha hambre, y me la comí de pie. Cuando iba a tomarme mi postre de siempre, me di cuenta que no había. Así que me vestí y fui a la frutería a por manzanas, repitiendo todo el proceso de nuevo y haciendo de la cotidianidad un bucle lleno de despistes y mala organización.
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