miércoles, 31 de octubre de 2018

Felicidad

Mi deseo, al igual que la mayoría, es sentir la felicidad o al menos algo parecido. Generalmente, las palabras ser y estar van ligadas a la palabra feliz, pero yo prefiero utilizar sentir. Es mucho más amplia y a su vez más concreta. Paradojas del léxico. Ser feliz, estar feliz, sentirse feliz. Hijas de un mismo vocablo que desean independizarse y tener personalidad propia. Un estado permanente, un estado esporádico y un estado puntual. ¿Una actitud? Posibilidades acertadas que dependen de cada cabeza, tronco y extremidad. Subjetividad sujeta a las mentes pensantes.

Es tan imposible que dos personas sientan exactamente de la misma manera, que pensar que tenemos la verdad absoluta sobre lo que es la felicidad se convierte en algo absurdo, incluso esperpéntico. Conceptos abstractos porque se refieren a realidades abstractas. La definición de la RAE ya no me sirve. Puntos de vista, perspectivas, sensaciones, opiniones, particularidades de la única especie que se contradice en absolutamente todo lo que dice.

La verdad que no tengo ni idea de lo que es la felicidad pero al menos sí sé lo que no lo es. Vamos cerrando el concepto. Queda menos para llegar a una conclusión que ni siquiera tendrá sentido. Es muy bonito eso de que la felicidad es una actitud, pero en el fondo sabemos que no es verdad, que la felicidad es mucho más que eso. El dinero no da la felicidad y la actitud tampoco. Ayuda mucho. Más que mucho. Muchísimo. Pero somos pasado, somos circunstancias, somos problemas, somos contradicciones. Somos muchas cosas además de actitud. Por eso las ganas en muchas ocasiones, desgraciadamente, ni lo es todo ni es suficiente.

Nunca me quedará claro si la felicidad está compuesta de momentos o si es simplemente un estado más o menos permanente. Supongo que es una mezcla de ambas cosas y que está en cada persona el porcentaje que le asigne a cada sensación. El ser humano es complejo mires por donde lo mires, ergo cualquier percepción abstracta de sí mismo también lo es. Por eso, además de respetar todos los significados sobre la felicidad que tienen los demás, tenemos que aceptarlos y entenderlos. No todo es blanco o negro. Hay mucho más allá de nuestras propias percepciones. Supongo que se trata de saber ver lo que hay más allá, siempre intentando dejar atrás tabús y prejuicios.

lunes, 1 de octubre de 2018

Empatía

Lo más bonito que tienen las personas es esa capacidad de ponerse en el lugar de otra. Ser capaces de llegar a entender cómo se siente otra persona, habiendo vivido su misma situación o no. Escuchar y comprender. Sentir cosas. Entender mucho, tanto que sintamos como nuestros los sentimientos de las personas que queremos, de las que no queremos tanto y de las que ni siquiera conocemos. Ni los móviles, ni el dinero, ni la política. Lo que verdaderamente mueve el mundo es la empatía.

Querer no se concibe sin empatizar. Cuando queremos a una persona, sea el tipo de amor que sea, nos preocupamos por ella. Lo hacemos casi sin darnos cuenta. Nos ponemos en su piel. Intentamos ayudar aunque a veces no sabemos cómo. Nos frustramos. Nos preocupamos. Nos preguntamos una y otra vez qué podemos hacer. Incluso nos llegamos a sentir inútiles. Pero es que a veces lo importante no es lo que digamos, sino que estemos, que acompañemos, que caminemos al lado. Aunque no lo parezca, escuchar y sentir puede ser suficiente.

A veces es tan simple como dar un abrazo. Es la mejor manera que tenemos de conectar con los demás. Intercambios de energías, caminos directos. Durante esos segundos, la tristeza deja de agobiarnos por un momento. Nos quedaríamos a vivir ahí. Nos sentimos bien. Nos volvemos a dar cuenta una y otra vez de lo mucho que queremos a la persona que nos está apretando. Lo mucho que la necesitamos. Lo cierto es que la empatía nos hace ver la importancia de un abrazo, una palabra o un detalle. Somos frágiles y a veces tenemos que mostrarlo, no queda otra. No podemos disculparnos por ser humanos. A veces nos equivocamos y lo admitimos. Pero también tenemos algo precioso: la empatía. Y es que, ¿hay algo más humano que eso? 


lunes, 24 de septiembre de 2018

No conocemos todo

A veces creemos que conocemos todo de una persona. Compartimos secretos, risas, momentos. La miramos y creemos saber lo que está pensando. Deducimos. Pensamos. Analizamos. Parece que siempre está feliz. Ríe. Le encantan las tonterías. Hace lo que le da la gana y no le importa nada. No hablo de mí ni de nadie. En general, somos así.

Mostramos a los demás lo que queremos. Es cierto que esa versión es nuestra, pero también hay otra que preferimos ocultar. Tenemos la necesidad de evitar preguntas que no tenemos ganas de contestar. Tristeza, dilemas, preocupaciones, complejos. Sentimientos que no revelamos, problemas que no contamos. Es como una fotocopia por delante y por detrás y en cada cara una historia diferente.

Individuos con secretos, diarios y una o varias vidas. Ocultamos mucho. Construimos y destruimos. Volvemos a construir. Creemos que es necesario para que no se derrumbe todo. Somos fachada. Pintamos graffitis en ella. Nos sentimos vacías por no abrirnos del todo con nadie. Solo lo hacemos con nosotras mismas y a veces ni eso. Nos miramos y no nos encontramos.  Ser, estar y parecer. Atributos que siempre fueron de la mano, palabras con matices. Sabemos que no significan lo mismo, pero a veces nos empeñamos en que sí. Al final nunca entendemos nada. Solo sabemos que necesitamos gritar para que alguien nos salve aunque no tengamos la certeza de que nos vayan a escuchar.

Lo cierto es que nadie sabe por lo que una persona está pasando, lo que lleva dentro, la lucha que tiene que librar cada día consigo misma y con el mundo. Y lo peor de todo es que seguimos creyendo que conocemos a los demás, que sabemos absolutamente todo de las personas que nos rodean. Pero si ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotras mismas, ¿cómo vamos a conocer a los demás?

domingo, 23 de septiembre de 2018

Mochila

El pasado nos hace ser quien somos en el presente. Podría decirse que del pasado se aprende, que del pasado guardamos momentos, historias, vidas. El pasado nos recuerda situaciones que no queremos repetir, personas que no podemos permitirnos seguir escuchando y vidas pasadas que no desearíamos volver a vivir. El problema es que el pasado puede ser tan útil como destructivo. Casi siempre se convierte en una enorme mochila con piedras que cada vez pesa más. Al principio puedes llevarla colgada a la espalda casi sin esfuerzo. Poco a poco ves que te va pesando, que en cualquier momento puedes tropezar y que se te caiga encima. Vas caminando. Intentas no pararte aunque cada vez estás más cansada. Sabes que si no sueltas ninguna de esas piedras vas a caerte y no sabes si podrás levantarte de nuevo.

Lo que está claro es que el pasado es un arma de doble filo. Está bien no olvidarnos de donde venimos, porque podremos comprender mejor donde nos encontramos ahora. El pasado puede susurrarnos el por qué nos hemos convertido en una persona que ni siquiera somos capaces de reconocer cuando nos cruzamos con nuestro reflejo. Nos miramos fijamente. Comprobamos si aún queda algo de lo que éramos, o mejor dicho, de lo que creíamos que éramos. No hay nada. O quizás sí y no somos capaces de encontrarlo.

Es difícil no aferrarse al pasado cuando las heridas siguen tan abiertas como cuando nos las hicimos. ¿El tiempo cura o acostumbra? Una pregunta que a pesar de ser retórica, muchas nos la hemos hecho alguna vez. A pesar de todo, no nos queda otra que seguir viviendo. Dicen que vivir significa superar miedos, recuerdos, reflejos, culpas. Puede que sea cierto. O no. Supongo que depende de si estamos viviendo o sobreviviendo.