El pasado nos hace ser quien somos en el presente. Podría decirse que del pasado se aprende, que del pasado guardamos momentos, historias, vidas. El pasado nos recuerda situaciones que no queremos repetir, personas que no podemos permitirnos seguir escuchando y vidas pasadas que no desearíamos volver a vivir. El problema es que el pasado puede ser tan útil como destructivo. Casi siempre se convierte en una enorme mochila con piedras que cada vez pesa más. Al principio puedes llevarla colgada a la espalda casi sin esfuerzo. Poco a poco ves que te va pesando, que en cualquier momento puedes tropezar y que se te caiga encima. Vas caminando. Intentas no pararte aunque cada vez estás más cansada. Sabes que si no sueltas ninguna de esas piedras vas a caerte y no sabes si podrás levantarte de nuevo.
Lo que está claro es que el pasado es un arma de doble filo. Está bien no olvidarnos de donde venimos, porque podremos comprender mejor donde nos encontramos ahora. El pasado puede susurrarnos el por qué nos hemos convertido en una persona que ni siquiera somos capaces de reconocer cuando nos cruzamos con nuestro reflejo. Nos miramos fijamente. Comprobamos si aún queda algo de lo que éramos, o mejor dicho, de lo que creíamos que éramos. No hay nada. O quizás sí y no somos capaces de encontrarlo.
Es difícil no aferrarse al pasado cuando las heridas siguen tan abiertas como cuando nos las hicimos. ¿El tiempo cura o acostumbra? Una pregunta que a pesar de ser retórica, muchas nos la hemos hecho alguna vez. A pesar de todo, no nos queda otra que seguir viviendo. Dicen que vivir significa superar miedos, recuerdos, reflejos, culpas. Puede que sea cierto. O no. Supongo que depende de si estamos viviendo o sobreviviendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario