lunes, 24 de septiembre de 2018

No conocemos todo

A veces creemos que conocemos todo de una persona. Compartimos secretos, risas, momentos. La miramos y creemos saber lo que está pensando. Deducimos. Pensamos. Analizamos. Parece que siempre está feliz. Ríe. Le encantan las tonterías. Hace lo que le da la gana y no le importa nada. No hablo de mí ni de nadie. En general, somos así.

Mostramos a los demás lo que queremos. Es cierto que esa versión es nuestra, pero también hay otra que preferimos ocultar. Tenemos la necesidad de evitar preguntas que no tenemos ganas de contestar. Tristeza, dilemas, preocupaciones, complejos. Sentimientos que no revelamos, problemas que no contamos. Es como una fotocopia por delante y por detrás y en cada cara una historia diferente.

Individuos con secretos, diarios y una o varias vidas. Ocultamos mucho. Construimos y destruimos. Volvemos a construir. Creemos que es necesario para que no se derrumbe todo. Somos fachada. Pintamos graffitis en ella. Nos sentimos vacías por no abrirnos del todo con nadie. Solo lo hacemos con nosotras mismas y a veces ni eso. Nos miramos y no nos encontramos.  Ser, estar y parecer. Atributos que siempre fueron de la mano, palabras con matices. Sabemos que no significan lo mismo, pero a veces nos empeñamos en que sí. Al final nunca entendemos nada. Solo sabemos que necesitamos gritar para que alguien nos salve aunque no tengamos la certeza de que nos vayan a escuchar.

Lo cierto es que nadie sabe por lo que una persona está pasando, lo que lleva dentro, la lucha que tiene que librar cada día consigo misma y con el mundo. Y lo peor de todo es que seguimos creyendo que conocemos a los demás, que sabemos absolutamente todo de las personas que nos rodean. Pero si ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotras mismas, ¿cómo vamos a conocer a los demás?

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